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Fe pública: por qué el cristiano no debería quedarse callado ante la política

Hay una idea muy extendida de que la fe y la política no deberían mezclarse, que al creyente le toca orar y quedarse al margen de lo que pasa en la plaza pública. Llevo tiempo pensando —y conversando en "Una Plática Muy Natural"— que esa idea nos ha costado carísimo. No se trata de convertir la fe en bandera de partido, sino de reconocer que nuestras convicciones más profundas tienen algo que decir sobre cómo tratamos al débil, cómo hablamos del que piensa distinto y qué tipo de sociedad queremos construir.

El problema no es que el cristiano opine de política; el problema es cómo lo hace. Cuando la conversación pública se vuelve un cuadrilátero de insultos y descalificaciones, participar con humildad y con argumentos —en lugar de con etiquetas— ya es en sí mismo un acto de fe. Se trata de defender lo que uno cree sin dejar de ver al otro como persona, algo que hoy suena casi revolucionario.

Tampoco creo que la solución sea la neutralidad cómoda. Callarse ante la injusticia, la corrupción o el abuso de poder no es "no meterse en política", es simplemente mirar hacia otro lado. La fe cristiana, bien entendida, empuja justo lo contrario: a levantar la voz por el que no la tiene, a exigir cuentas con firmeza, y a hacerlo desde la coherencia —exigiendo primero a los nuestros lo que exigimos a los demás.

Mi invitación, tanto en este blog como en el podcast, no es a que pienses igual que yo, sino a que participes de la conversación pública con la misma exigencia que le pides a tu vida personal: con principios, con humildad para cambiar de opinión cuando haga falta, y sin miedo a decir lo que crees. Esa, para mí, es la fe vivida en público.

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