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Se drogaban para no sentir hambre

9 abr 2025
8 min de lectura

Actualizado: 9 sept

Roger Moreno tenía ocho años cuando mataron a su papá.

Su mamá no aguantó. Cayó en un alcoholismo que él describe como terminal. Y los cinco hermanos se dispersaron: cada uno agarró un rumbo.

El suyo lo llevó al crucero del Ángel de la Independencia, donde otros niños se pintaban de payasitos y hacían malabares entre los coches. Se fue con ellos porque traían dinero y porque comían.

Ahí conoció las drogas. Y la razón que da es la que se queda:

"En ocasiones, por quitarte el hambre. Ya con la droga ya no te daba hambre. Ya te pasabas el día."

No es una frase sobre vicio. Es una frase sobre hambre.

Lo que dicen los datos sobre eso

Esto no es una impresión suya, y vale ponerle números porque le cambia el peso a lo que cuenta.

En México, el consumo de solventes inhalables entre niños y adolescentes en situación de calle está documentado desde hace décadas por el Instituto Nacional de Psiquiatría. Su revisión de cuarenta años de investigación reporta que entre 22% y 23% de los niños en situación de calle inhalan solventes a diario, y alrededor de 27% los usan de forma regular. En la población general del país, el uso de inhalables ronda el 1.8%.

Y hay un dato que explica lo que Roger vio con sus propios ojos. En los estudios sobre niños que vivieron en calle y consumieron solventes, el coeficiente intelectual promedio medido fue de 77, con deterioro de la memoria y fallas en la formación de conceptos.

Él lo dice sin saber esa cifra, y describe exactamente eso:

"Me tocó ver cómo empezaba un niño y ver cómo se iba degradando su condición mental, emocional. Me tocó ver a un niño que murió con el cemento pegado."

Quién es Roger Moreno

Hoy es pastor en Atotonilco de Tula, Hidalgo, donde encabeza una congregación junto con su esposa y sus hijos. Antes de eso trabajó tres años como misionero en la Sierra Norte de Puebla, caminando dos y tres horas por brechas para llegar a poblados alejados.

Su testimonio fue dramatizado en el programa Vida Dura, y en el episodio se ríe al contar que conoce personalmente al actor que lo interpretó: era de sus tiempos en los grupos de danza.

Lleva 26 años fuera del alcohol y las drogas.

Un internado, y lo que pasaba de noche

Antes de la danza hubo otra parada. A los ocho o nueve años, una camioneta del gobierno del entonces Distrito Federal levantó a los niños del crucero. A su hermano lo agarraron, y él se dejó agarrar para no separarse.

Terminaron en un centro de asistencia en Azcapotzalco. Y lo que describe de ahí es lo más duro del episodio:

"En el día, mientras están las trabajadoras sociales, es una forma tranquila. Pero ya saliendo ellas..."

Había internos de hasta dieciocho años conviviendo con niños de ocho. Dormían vestidos y con los zapatos ajustados. Hubo abusos sexuales; él escuchaba llorar a otros niños. Se agrupaban para defenderse.

Sobre los castigos —un área de aislamiento a la que llamaban "encamados"— dice algo que vale subrayar:

"Como si eso fuera a cambiar el corazón o la mente de alguien. No. Lo hace más malo."

De ahí se escapaban de noche a Garibaldi a pedir dinero. Y de ahí también salió a los trenes: se subían al que fuera, a donde los llevara. Salamanca, Celaya. En el lenguaje de los trenes, dice, ellos eran "trampa chico".

El sueño que tenía

Le preguntamos si soñaba con algo, en esos años. Su respuesta no fue una carrera ni una casa:

"Veía las familias caminar con los hijos. Ver sus rostros alegres, verlos juntos, verlos que iban a comer. Y era un sueño para mí. Porque decía: ¿qué es eso?"

Hoy tiene hijos en preparatoria y universidad, trabajando con él en la iglesia. Y reconoce, sin adornarlo, que le costó aprender:

"Acostumbrado a la soledad o a lo malo, de repente en el hogar me cuesta un poco de trabajo el saber cómo tratar a mis hijos."

Sobre lo que se hereda dentro de una casa —y lo que cuesta cortarlo— escribimos también en romper patrones familiares.

Por qué entró a la danza

A los dieciséis, estudiando en el CCH, llegó un día al Zócalo y vio a los grupos de danza ensayando. Lunes, miércoles y viernes, con horario fijo.

Y aquí conviene precisar algo, porque es fácil que un testimonio así se lea como un juicio sobre toda una tradición, y no es lo que este artículo hace.

La danza conchera es una tradición documentada y viva. Nació del sincretismo entre las prácticas rituales prehispánicas y el catolicismo tras la conquista —la concha, el instrumento que le da nombre, fue introducida por los frailes—, y su fundación se sitúa por tradición en 1531, en lo que hoy es Querétaro. Antes de danzar se saludan los cuatro puntos cardinales. Sus santuarios principales incluyen Chalma, Tlatelolco y la Basílica de Guadalupe.

Para la enorme mayoría de quienes la practican hoy, es herencia, identidad y comunidad. Roger mismo distingue con cuidado entre tres cosas: los grupos que danzan por cultura, los que cobran a los turistas por hacer limpias en el Zócalo —a los que él llama, con desdén, gente que lucra con la tradición—, y los círculos que la viven como religión, con jerarquía, obligaciones y velaciones.

Él entró por la tercera puerta. Lo que sigue es su experiencia dentro de ese círculo y su lectura de ella, no una descripción de lo que hace todo el que danza.

Y lo que lo jaló no fue la doctrina. Fue esto:

"Yo veía la unidad, yo veía el orden que ellos llevaban. Y pues era algo que te atraía."

Léelo pensando en quién lo estaba diciendo: un muchacho de dieciséis años sin papá, sin mamá, sin hermanos, que llevaba ocho años cambiando de grupo cada pocos meses.

"Yo cambiaba de mundos, de personas, de amigos. Y en un momento ya estaba yo solo otra vez."

Encontró un lugar con reglas, con jerarquía, con horarios y con gente que lo esperaba. Eso es lo que lo atrapó. Y esa es la parte que sirve para cualquiera: lo que recluta a un chavo solo casi nunca es una idea. Es una mesa donde le guardan un lugar.

Lo que él vio adentro

Describe una estructura ordenada que compara directamente con una iglesia: un jefe de danza, un general, sargentos, y las ahumadoras —las mujeres a cargo del sahumador con copal—, a quienes equipara con las hermanas de intercesión. Hay una puerta por la que se entra al círculo. Al entrar te pasan el sahumador por la cabeza, las manos y los pies:

"Es el pensamiento, las acciones y tu caminar."

Cuenta velaciones de noche, invocaciones a los abuelos, manifestaciones que él interpreta como espirituales, y un momento en que vio a compañeros hablar en lenguas que no reconocía. Cuenta también que dejó la preparatoria y que su vida entera se acomodó alrededor de la danza y de las fiestas que la acompañaban.

Todo eso es su testimonio, y así lo dejo. Quien danza y no lo vive así tiene todo el derecho de decir que su experiencia fue otra.

La pregunta que lo sacó

El quiebre llegó en una presentación para subir de rango. Le preguntaron si estaba dispuesto a soportar el sufrimiento. Dijo que sí. Si estaba dispuesto a soportar la soledad. Dijo que sí.

Entonces vino la tercera.

"¿Estás dispuesto a soportar la muerte eterna? Y dije: ah, caray, no. No. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra."

Dijo que no y se fue. Y lo que cuenta de esa noche es lo que mejor describe una crisis de pánico sin llamarla así: bajó al metro sintiendo una opresión, ansiedad, ganas de arrojarse a las vías. Al llegar a Indios Verdes no encontraba la salida.

Ahí, sin conocer nada de la Biblia, oró por primera vez:

"Dios, si en verdad tú existes, permíteme salir de esto. Aunque sea en forma de perro."

Intentó subir a un camión tres veces sin dinero. Lo bajaron dos. A la tercera:

"Me dice: ya, pásate. Ya pagaron por ti."

Él no vio quién.

"Ya pagaron por ti"

Meses después, trabajando en un local de cervezas, un muchacho del barrio empezó a pasar por ahí. Los amigos de Roger le decían que había sido de la banda y había cambiado.

"Yo dentro de mi corazón vi algo. Dije: yo quiero conocer eso."

El muchacho se le acercó a hablarle. Roger lo corrió y le aventó cerveza. Volvió otro día. Y le dijo una frase que él ya había oído en otro contexto, meses antes, en la puerta de un camión:

"Es que Jesucristo pagó por ti."

"Dije: ah, caramba. A ver. Aquí hay algo."

Esa conexión —entre lo que oyó en el camión y lo que le dijeron después— es la que él identifica como el momento. Se puede leer como coincidencia o como respuesta; él la lee de una manera y no pretende que la leas igual.

Qué hacer esta semana

Fíjate en quién le está guardando un lugar a un chavo solo. Lo que recluta no es una doctrina, es una mesa. Si en tu casa, tu equipo o tu iglesia hay alguien que llega solo y se va solo, ahí está el trabajo.

No confundas castigo con corrección. Su frase sobre el encierro —"como si eso fuera a cambiar el corazón de alguien; lo hace más malo"— la dijo alguien que lo vivió a los nueve años.

Y si conoces a alguien en la calle, empieza por la comida. Este episodio deja claro algo incómodo: para muchos niños, la droga entró antes por el hambre que por el gusto.

Sobre el trabajo con personas en situación de calle y en adicción escribimos también en qué es la religiosidad, con otro invitado que se dedica a eso.

Una nota necesaria: si tú o alguien cercano está lidiando con una adicción, esto es un testimonio, no un tratamiento. En México puedes llamar gratis y las 24 horas a la Línea de la Vida, 800 911 2000, que atiende también temas de consumo de sustancias.

El episodio

La conversación completa con Roger Moreno en Una Plática Muy Natural.

Preguntas frecuentes

¿Qué es la danza conchera?

Es una tradición ritual mexicana nacida del sincretismo entre prácticas prehispánicas y el catolicismo tras la conquista. Su fundación se sitúa por tradición en 1531, en lo que hoy es Querétaro, y toma su nombre de la concha, el instrumento de cuerda introducido por los frailes. Antes de danzar se saludan los cuatro puntos cardinales, y sus santuarios principales incluyen Chalma, Tlatelolco y la Basílica de Guadalupe. Para la mayoría de quienes la practican es herencia cultural y comunidad; hay también círculos que la viven como práctica religiosa con jerarquía y obligaciones, y es de esos de los que habla este episodio.

¿Por qué los niños en situación de calle consumen inhalantes?

Una de las razones documentadas y que Roger Moreno describe de primera mano es que suprimen el hambre. Según investigación del Instituto Nacional de Psiquiatría, entre 22% y 23% de los niños en situación de calle en México inhalan solventes a diario. Los estudios también documentan deterioro cognitivo asociado, con un coeficiente intelectual promedio medido de 77.

¿Se puede salir de una adicción de tantos años?

Roger Moreno lleva 26 años sin alcohol ni drogas y lo atribuye a su conversión. Es su testimonio, y vale escucharlo como tal: hay caminos de recuperación distintos y la mayoría se apoyan en tratamiento profesional además de en la comunidad. Lo que su historia sí muestra con claridad es que el aislamiento fue lo que lo metió, y el pertenecer a algo fue lo que lo sacó.

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