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Empecé a leer la Biblia para destruir al Dios de mis papás

8 jul 2023
9 min de lectura

Actualizado: hace 4 días

"Una vez me atreví a decirle a mi mamá: si ser cristiana es ser como tú, yo no quiero ser cristiano."

Marto tenía razones. En su casa no se comía sopa de letras, porque las letras podían formar la palabra diablo. Coleccionaba cochecitos y tuvo que rasparle el nombre a un Lamborghini Diablo para que no se lo tiraran a la basura. Los peluches rojos se iban a la basura sin discusión: el rojo era del diablo.

Veinte años después, el mismo hombre dice esto:

"Yo hoy veo a mi mamá y veo a mi papá y digo: no manches, si ser cristiano es ser como ellos, yo quiero ser cristiano."

Entre esas dos frases está todo el episodio. Y la diferencia entre ellas tiene un nombre.

Qué es la religiosidad

Su definición es brutal y no la suaviza:

"La religiosidad es un cáncer. Aleja a los que más necesitan acercarse al jefe."

La pone en una lista de lo que él llama armas de destrucción masiva, junto con la pornografía, el estrés, la ansiedad y la depresión. Y explica por qué le tira tan duro: después de diecinueve años viviendo de la música con un mensaje de fe, dice que el mayor ataque que ha recibido no vino de fuera. Vino de la propia iglesia.

Lo que él describe como daño concreto no es la fe de sus padres. Es lo que esa versión de la fe le hizo entender sobre Dios:

"Para mí Dios era: este vato nada más anda viendo en qué la calabaceo para regañarme, y quiere que no viva mi vida."

Su corrección, ya adulto, es la mejor imagen del episodio:

"Los límites que él pone son como los límites de velocidad. ¿Qué pasaría si mañana no hubiera límites de velocidad? Todos manejaríamos más rápido, y no hay un letrero que te diga: esta curva no la tomes a más de 80 porque te vas a matar. Los límites de Dios no son para restringir tu libertad. Son para que vivas al máximo."

Y el detalle que lo salva todo, dicho sin rencor: "lo único bueno de esa educación es que mis papás me enseñaron a dónde voltear si yo tocaba fondo. Entonces cuando toqué fondo, supe a dónde voltear."

Quién es Marto

Martín Maldonado —Marto— es rapero, tiene 214 canciones publicadas, saca álbum cada año y lleva casi dos décadas viviendo de la música. Estudió ingeniería industrial y de sistemas en el Tec de Monterrey. Es hijo de pastores de una iglesia grande en Tlalnepantla.

Hoy pastorea su propia congregación, con un enfoque poco común: trabaja con personas en situación de calle, con personas en adicción y con población en prisión. Dice que va a centros de rehabilitación y a cárceles casi cada semana, y que durante años fue hasta tres veces por semana.

En su biografía de Instagram se define como rescatado por Jesús. Sin adornos.

Ya escribimos sobre él en cómo vencer la tentación, de otro episodio.

La armadura que no te queda

Esta es la idea que mejor organiza el problema, y viene de 1 Samuel 17.

David se ofrece a pelear contra Goliat, y Saúl —de buena fe— le pone su propia armadura encima. La armadura del rey. La buena. David no puede ni caminar con ella y se la quita.

"Hay veces que ni siquiera con malicia, los religiosos te quieren poner armaduras que no te corresponden. Saúl no lo hizo en mala onda: vio al pastorcito con un palo y una honda con piedritas y dijo, no manches, por lo menos te doy mi armadura."

Su caso concreto: "A mí me querían poner la corbata, el traje, me querían cambiar mi vocabulario. Yo estudié ingeniería en el Tec, puro diez en la escuela, yo sé hablar con propiedad. Pero no es la armadura que Dios me dio para llegarle a la gente."

Y da el examen para saber cuál es la tuya, que sirve para cualquiera:

Qué te gusta y en qué eres bueno. Tienen que ser las dos.

"Yo soy muy bueno en matemáticas, era nerd, pero no me gustan. ¿Tú crees que Dios me quería de ingeniero industrial? Y hay veces que te gusta algo pero no eres bueno. Ahorita me topo con chavitos que todos quieren cantar. Qué bueno que te guste, hazlo de hobby, pero tienen que ser las dos."

El día que su papá se puso la gorra al revés

La escena central del episodio, y es sobre su padre.

Los religiosos de la iglesia —tres servicios de dos mil personas cada uno— estaban atacando a Marto y a su hermano por el rap. Su papá, el pastor Martín Maldonado, decidió que iba a anunciar públicamente que los apoyaba.

El plan era sencillo: él fingiría que iba a predicar, soltarían el beat, los hijos bajarían rapeando por las escaleras del escenario, y al terminar él saldría a decirle a la iglesia que respaldaba ese ministerio.

No hizo eso.

"En la tercera estrofa volteo de reojo y veo a mi papá bajando las escaleras. La única gorrita que tenía, con la que jugaba frontón, y se la puso hacia atrás. Me robó unas bermudas. Me robó un jersey de béisbol. Agarró la correa del perro —no es broma, la del perro— y se la colgó."

"El pastor Martín Maldonado, que nunca ves mal vestido, se puso a rapear con nosotros. El pato pareció orangután, pero ahí hizo lo mejor que pudo."

Lo hizo tres veces. Una por servicio. Ante seis mil personas en total.

"Fue su forma de decirle a la iglesia: apoyo a mis chamacos aunque no lo entiendo. Por cinco minutitos, mi papá se puso nuestra armadura."

Y remata: "sé el trabajo que le costó. Hasta la fecha mi jefe sufre con algunas de mis canciones. Me dice: ¿por qué dijiste eso? ¿No pudiste haber usado otra palabra?"

Eso es exactamente lo contrario de la religiosidad, hecho por alguien que venía de ella. No es que el papá haya entendido el rap. Es que decidió que quería más a sus hijos que a su propio criterio estético.

La libertad que hay en la cárcel

Su observación más incómoda para cualquiera que vaya a una iglesia:

"La primera vez que entré a una cárcel con mi hermano, empezamos a llorar. Me dijo: carnal, ¿te sientes igual que yo, con una libertad inmensa que en la iglesia no tenemos? ¿Por qué me siento más cómodo aquí, con el violador, el secuestrador, el matón, que en la iglesia? En la cárcel no hay hipocresía."

Su diagnóstico: "cuando nos disfrazamos de santos y fingimos que todo está bien, se hace una barrera de comunicación impresionante que impide que ayudes a tu prójimo, porque no está siendo honesto contigo. Y ellos tampoco te pueden ayudar, porque tú tampoco."

Y cuenta cómo lo rompió una vez. Llegaron él y su esposa a un servicio de su iglesia después de una pelea grande. Le tocaba predicar.

"Agarré el micro y dije: banda, estoy peleado con mi vieja, y si a mí me preguntas mañana me divorcio, y si le preguntas a ella también. Por favor oren por nosotros."

La iglesia oró por ellos ahí mismo. Se fueron a casa tranquilos y arreglaron la cosa.

"Yo estoy seguro que si esa noche no hubiera sido honesto, me largo de mi casa por lo menos uno o dos meses."

Que el que predica libertad también la necesita

De aquí sale la parte más importante del episodio, y es una advertencia dirigida a los líderes.

Su papá le decía que la de pastor es una carrera solitaria. Marto se negó a aceptarlo:

"Entiendo que a ti te tocó así, pero no debe ser así. Porque sufres en silencio y un día ya no aguantas."

Su solución fue buscar amigos fuera de su propio círculo: gente que no depende de él ni él de ellos, a quienes puede contarle lo que a nadie en su iglesia podría. Y hacerse él esa persona para otros.

"¿A quién le cuentas si tienes broncas con la pornografía si eres pastor? Si se lo cuentas a alguien de tu iglesia va a andar de chismoso, te estás jugando el pellejo. Entonces necesitas un agente externo: no me juzgas, no te juzgo, y nos echamos la mano."

Le pone nombre al desenlace cuando eso falta: burnout. Y no está usando la palabra a la ligera. La Organización Mundial de la Salud lo incluyó en la CIE-11 (código QD85) como un fenómeno ocupacional —no una enfermedad— resultado del estrés crónico en el trabajo mal gestionado, con tres señales: agotamiento, distancia mental o cinismo hacia el trabajo, y sensación de ineficacia.

Léelas otra vez pensando en cualquier persona que conozcas que lleve años sirviendo sin descanso.

"El mundo es mejor porque tú sigues aquí"

Marto habla abiertamente de haber intentado quitarse la vida tres veces. Lo importante, y lo dice él, es que una de esas veces ya era cristiano, ya servía a Dios y ya subía a escenarios.

"Sufría en silencio mis broncas de matrimonio. Y en el ambiente religioso no a cualquiera le abres el corazón. Si estás del nabo pero te preguntan cómo estás, ¿qué contestas? Estoy bien."

Lo que lo sacó fue una persona que se dio cuenta. Un amigo suyo, en pleno escenario, terminando una canción, lo abrazó y le pidió a las mil quinientas personas del público que repitieran una frase con su nombre:

"Marto: el mundo es mejor porque tú sigues aquí."

"Me destrozó."

A los días escribió una canción sobre eso, que termina diciéndole a quien la escucha esa misma frase. Dice que si solo pudiera cantar una canción antes de morir, sería esa: en los conciertos, cuando la toca, hay jóvenes que se acercan al final a contarle que tenían un plan y lo abandonaron.

Y cuenta una pérdida, sin dar nombres: semanas después de escribir esa canción, un pastor al que admiraba mucho se quitó la vida. Tenía depresión y había dejado de tomar su medicamento. Ese detalle no es menor y por eso lo dejo textual: la depresión es tratable y el tratamiento funciona cuando se sostiene.

Si estás pasando por algo así, en México puedes llamar gratis y las 24 horas a la Línea de la Vida, 800 911 2000, o a SAPTEL al 55 5259 8121. Y si eres tú quien está viendo a alguien apagarse: la frase de este episodio funciona. Decirla en voz alta cambia cosas.

El ponche

Cierro con la historia que él cuenta llorando, porque resume todo.

Después de un evento en un reclusorio, los internos cristianos le sirvieron un ponche. Marto se lo tomó sin pensarlo. Entonces vio que otro recluso tiró un vaso al piso, y vio la cara de dos hombres al lado: una cara de dolor real.

Fue a preguntarle a uno.

"Marto: estuvimos meses contrabandeando cada ingrediente del ponche. Estuvimos toda la noche con un tabique y una pequeña resistencia con resortes de pluma para poder calentar este ponche que te queríamos ofrecer a ti este día."

"No valoramos nada. Y ni me hubiera enterado si no veo la cara de dolor porque se cayó un vaso."

Con eso hace el contraste que sostiene el artículo entero: cincuenta reos cantando con una guitarra de tres cuerdas, y se oía hasta el estacionamiento del penal. Y esa misma canción, un domingo, en una iglesia con pantallas, mezcladora digital y aire acondicionado, cantada sin ganas.

Qué hacer esta semana

Revisa una regla que heredaste. ¿Qué prohibición cargas que nadie te explicó nunca? No para romperla: para entender de dónde salió. Sobre eso escribimos en romper patrones familiares.

Quítate una armadura que no te queda. Si estás intentando servir con el estilo de otro, no vas a poder caminar. Responde las dos preguntas: qué te gusta y en qué eres bueno.

Consíguete un amigo externo. Alguien fuera de tu trabajo, tu iglesia y tu familia, a quien le puedas decir la verdad sin costo. Y ofrécete a serlo para alguien más.

Di una cosa cierta en voz alta esta semana. No hace falta hacerlo con micrófono frente a la congregación. Basta con una persona.

Y si conoces a alguien que la está pasando mal, díselo. Que el mundo es mejor porque sigue aquí. Suena cursi hasta que alguien te lo dice a ti.

El episodio

La conversación completa con Marto en Una Plática Muy Natural.

Preguntas frecuentes

¿Qué es la religiosidad y en qué se diferencia de la fe?

La religiosidad es el cumplimiento de formas, reglas y apariencias por encima de la relación con Dios y del trato con las personas. En este episodio Marto la define como algo que aleja precisamente a quienes más necesitarían acercarse, porque los recibe con juicio en lugar de con honestidad.

¿Por qué muchos hijos de pastores se alejan de la iglesia?

Este episodio ofrece una respuesta desde adentro: cuando la fe se transmite como una lista de prohibiciones sin explicación, el hijo no rechaza a Dios, rechaza la caricatura de Dios que le enseñaron. Marto tardó años en distinguir una cosa de la otra.

¿Es normal que un líder cristiano tenga depresión o crisis?

Sí, y callarlo lo empeora. El propio Marto intentó quitarse la vida cuando ya servía a Dios. La recomendación del episodio es tener amigos externos con quienes hablar sin ser juzgado, y buscar atención profesional: la depresión es tratable y el tratamiento funciona cuando se sostiene.

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