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Treinta minutos al día y querer ser el mejor baterista - Jerry Velazquez

29 mar 2024
6 min de lectura

Actualizado: hace 3 días

David López da clases de batería. Cuando le pregunta a un músico de iglesia cuánto estudia al día, espera oír dos horas.

La respuesta que recibe casi siempre es otra: "Quiero ser como fulano, pero estudio treinta minutos al día."

Él no se burla. Lo que hace es sacar una calculadora.

Los números de la conversación que nadie tiene

En México hay 99 millones de personas en redes sociales. Según el estudio Digital 2026 de We Are Social y Meltwater, cada usuario pasa un promedio de 25 horas con 39 minutos a la semana ahí adentro. Son cerca de tres horas y cuarenta minutos diarios. Solo TikTok se lleva una hora con 43 minutos al día.

Contra eso, treinta minutos de estudio.

El método que David les da a sus alumnos no empieza con el instrumento, empieza con esa aritmética: "Renuncia a una hora de sueño, renuncia a treinta minutos de comer. En Instagram puedes ver cuánto tiempo pasas. Yo paso muchísimo tiempo. Si paso una hora al día, no necesito estar una hora ahí."

No es un sermón contra el celular. Es una auditoría. La mayoría de la gente no sabe cuánto tiempo tiene porque nunca lo ha contado, y el teléfono ya lleva el registro.

Quién es David López

Tiene 23 años. Es baterista, da clases, y es hijo de Álvaro López —baterista, productor y ganador de un Récord Guinness al instrumento—, con quien ya conversamos sobre lo que le pasa a los músicos de iglesia visto desde el otro lado.

Sobre su papá dice algo que conviene subrayar: "Mi papá es más papá que baterista, que predicador, que productor."

Y sobre las horas: dice que su papá estudia hoy cinco horas diarias, y que de niño estudiaba doce.

"Hay muchos músicos heridos"

Aquí está el tema del episodio, y es suyo, no mío.

"Yo pienso que muchas veces en la iglesia hay muchos jóvenes heridos, hay muchos músicos heridos. Hay una falta de paternidad."

Lo que describe es una orfandad doble: la del papá que no estuvo, y la de la iglesia que recibe al músico sin recibirlo. Y observa algo fino: que al alejarse del papá terrenal, muchos ponen a Dios en ese lugar vacío, y eso a veces sana y a veces solo traslada el problema.

Sobre lo que un papá transmite sin proponérselo —para bien y para mal— hay otra conversación en el blog que se conecta directo con esto.

La espalda de Dios

Esta es la mejor idea que dijo, y no se la he oído a nadie más.

Cuando Moisés pide ver la gloria de Dios, lo que recibe es esto: "Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro" (Éxodo 33:23, RVR1960).

David lo usa para explicar el silencio de Dios: "Muchas veces hemos sentido la espalda de Dios. Pero para ver la gloria de Dios muchas veces tenemos que ver la espalda. Tenemos que ver el proceso, el silencio."

Es una lectura que le da un lugar al periodo en que no pasa nada, sin fingir que ese periodo es agradable. Él mismo lo dice sin adorno: "Si te digo que hemos disfrutado todos los días el camino, sería mentirte."

Y le agrega una observación sobre los hábitos que vale para cualquiera: "El problema de los hábitos no es tanto el hábito. El hábito se puede cambiar. Pero el hábito te llega a hacer pensar que ya no hay esperanza para ti."

Ese es el daño real, dice: no la conducta, sino la conclusión que uno saca de ella.

La primera clase

Su primera lección de batería no fue una lección de batería.

"Me aventaron las vaquetas. Me quitaron del practicable." Y su papá le dijo: antes de aprender música, aprende a aprender. Déjate enseñar.

Vale la pena notar lo que eso significa a tres generaciones de distancia: el abuelo, también llamado Álvaro López y también baterista, enseñaba a vaquetazos. Es la misma escuela que aparece en cada plática de esta familia. David no la presenta como agravio, la presenta como el día que entendió algo. Sobre esa diferencia entre disciplina y daño escribí aparte, porque es una línea que a veces se cruza y a veces no, y no se distingue sola.

Lo incómodo: dos cosas

Primera, la que él dice contra sí mismo.

"El músico es necio, el músico es soberbio, el músico es orgulloso. Queremos que al otro le vaya mal y a mí me vaya bien. Cualquier músico que diga que no, está mintiendo."

Es una acusación general —y por eso mismo imposible de probar—, pero la dice alguien de adentro y sobre sí mismo. Y va más lejos: reconoce haber predicado por rivalidad, por contienda y para que lo admiren. A los 23 años casi nadie dice eso en voz alta.

Su salida no es dejar de competir, es cambiar de rival: "Hay que ser competitivos para ser competentes, pero no de destruir a mi hermano. Competitivo con la flojera."

Segunda, la que a mí me toca señalar.

David habla de orfandad desde el único lugar donde no la vivió. Tuvo papá, mamá, pastor, maestro y productor en la misma casa. Él lo reconoce a medias —"que yo no he vivido"—, y conviene decirlo completo: quien creció con doce horas diarias de ejemplo enfrente tiene un punto de partida que el chavo que llega solo al ensayo del domingo no tiene.

Eso no invalida su diagnóstico. Lo ubica. Y de hecho hace más útil su otra idea, la de dar clases: el que recibió está obligado a repartir. "Cuando uno enseña y uno levanta al otro, el Señor da más."

Qué revisar esta semana

Haz la auditoría, no la promesa. Abre la pantalla de tiempo de uso del teléfono ahora mismo. Ese número es tu presupuesto disponible, y ya existe. No hace falta conseguir tiempo: hace falta moverlo.

Pide según tu necesidad. David trae una lectura de Salomón que sirve para orar mejor: no pidió dinero ni mujeres ni fama porque ya las tenía. Pidió lo único que le faltaba. Pregúntate qué es lo que en tu caso de verdad falta, que casi nunca es lo que uno pide.

Si eres el músico de tu iglesia, cuenta tus horas. No tus ganas. Treinta minutos diarios son tres horas y media a la semana. Con eso no se llega a donde dices que quieres llegar, y más vale saberlo que vivir frustrado sin entender por qué.

Y si estás enseñando a alguien, empieza por ahí. No por el instrumento: por la agenda.

El desayuno, no el regaño

Cerró con Juan 21, cuando los discípulos vuelven a pescar después de la crucifixión y pasan la noche sin sacar nada.

"Pedro se ciñó la ropa y empezó a nadar hacia Jesús. Y no será que tal vez Pedro, en la condenación, se había quitado la ropa del llamado."

Lo que le esperaba en la orilla no era una reprimenda. Era un desayuno.

"Tal vez tú no pescaste nada en la noche, pero el Señor te está esperando con un desayuno."

Para alguien de 23 años que da clases a gente que estudia treinta minutos al día, esa es una idea generosa: que la disciplina que él exige y la misericordia que predica no son cosas opuestas, sino el mismo trato visto desde dos horas distintas del día.

El episodio completo

La conversación completa con David López en Una Plática Muy Natural.

Preguntas frecuentes

¿Cuánto debería estudiar un baterista al día?

No hay una cifra única, pero David López señala el contraste: el músico promedio de iglesia al que le pregunta estudia unos treinta minutos diarios, mientras el usuario mexicano promedio pasa cerca de tres horas y cuarenta minutos al día en redes sociales. Su método consiste en auditar el tiempo real disponible antes de fijar la meta.

¿Quién es David López, el baterista?

Baterista y maestro mexicano de 23 años, hijo del baterista y productor Álvaro López. Da clases particulares y forma parte del trabajo musical de su familia.

¿Qué significa "ver la espalda de Dios"?

Es la lectura que David hace de Éxodo 33:23, donde Moisés pide ver la gloria de Dios y solo alcanza a ver sus espaldas. La aplica al silencio y al proceso: que a veces la única parte de Dios que se alcanza a ver durante una temporada difícil es la que va de salida.

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