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El dolor de perder: lo que la tanatología enseña sobre el duelo

30 jun 2022
7 min de lectura

Actualizado: 7 sept

Doce hermanos acababan de enterrar a su madre. Una de las hermanas seguía internada por covid y nadie le había dicho nada. Y faltaban días para el 10 de mayo.

Esa familia buscó a una tanatóloga porque no sabían cómo decírselo. Lo que les respondió no fue una técnica para dar malas noticias: fue que la hermana ya lo sabía.

Perder no es solo que alguien se muera

La tanatología viene del griego thánatos, muerte, y logos, estudio. El nombre engaña. Ileana Velázquez lo dice sin rodeos: "la gente cree que solamente nos dedicamos a platicar, a trabajar con dolientes por muerte, y en realidad existen mil muertes" que uno vive a lo largo de la vida.

Su definición de pérdida es más amplia y más incómoda: todo aquello que era tuyo y dejaste de tener. Un familiar que muere. Un brazo que pierdes en un accidente. Un trabajo del que te jubilan. Una pareja que se va. Una escuela que cambias. Bajo esa definición, casi nadie llega a los cuarenta sin varios duelos encima.

El contexto ayuda a entender por qué el tema dejó de ser marginal. En 2024 se registraron 818,437 defunciones en México, según las Estadísticas de Defunciones Registradas del INEGI. Las enfermedades del corazón encabezaron la lista con 192,563 muertes, seguidas por la diabetes con 112,641 y los tumores malignos con 95,237. El 89.6% fueron por enfermedades; el resto, accidentes, homicidios y suicidios.

Detrás de cada una de esas cifras hay una familia que tuvo que seguir levantándose al día siguiente. Ese es el terreno de la tanatología.

Quién es Ileana Velázquez

Es licenciada en psicología con maestría en tanatología clínica, y tiene diplomados en psiquiatría y en trabajo social. Trabaja para una institución de gobierno, donde le toca la parte de educación preventiva en salud.

Cuenta que llegó a la tanatología como llegan casi todos: después de un dolor muy fuerte propio. "Creo que todos los tanatólogos nos dedicamos a la tanatología o buscamos el área de tanatología después de un dolor muy intenso", dice en la conversación. Y explica que trabajarlo, entender su raíz y elaborar el duelo que tenía pendiente fue lo que la llevó a la especialidad.

También es clara sobre lo que no hace. Descartó la educación especial porque, reconoce, no tiene la paciencia. Tampoco trabaja con niños, adolescentes ni adicciones. Esa honestidad sobre los propios límites profesionales aparece varias veces en la plática.

"El dolor nunca se va, se aprende a vivir con él"

Es la frase que más se repite en el episodio, y ella misma admite que suena trillada. Pero la sostiene con un criterio concreto para distinguir un duelo sano de uno que ya necesita ayuda: la funcionalidad.

Un duelo sano permite que la persona se bañe, coma, se levante y poco a poco vuelva a sus actividades, aunque llore. Puede sentarse a la mesa con su familia, comer menos y sin ganas, pero comer. Puede platicar poco, pero platicar.

Cuando la persona deja de hacer eso —deja de comer, deja de levantarse, se aísla por completo— el duelo se vuelve patológico. Y ahí, dice, el abordaje cambia: hace falta valoración psiquiátrica, porque una depresión profunda se trata con medicamento antes de que la terapia pueda servir de algo.

También describe el duelo negado: el que se queda atorado en la etapa de negación. Es el cuarto que nadie mueve, el plato que se sigue poniendo en la mesa, la llamada al teléfono de quien ya no está, el cumpleaños que se sigue celebrando. Su lectura es que la persona sí está elaborando un duelo, solo que no de forma sana.

La muerte social que nadie contó

Aquí está la parte del episodio que menos se escucha en otro lado. En medio de la pandemia, mientras todo el mundo contaba muertos, ella insistía en las pérdidas que no aparecían en ninguna estadística.

"La muerte social por desempleo está brutal", dice, y describe lo que significa no tener con qué darle de comer a los hijos. Pero no se queda ahí: los niños arrancados de su colegio, de su rutina y de sus maestros vivieron una muerte social. Los maestros que no estaban capacitados para dar clase por pantalla, otra.

La lista sigue con pérdidas que en México rara vez se nombran como duelos. La jubilación, que a mucha gente le pega más que a nadie porque en nuestra sociedad la edad te cierra puertas laborales. El alzhéimer, donde el duelo es doble: el hijo al que su papá ya no reconoce, y el papá que ya no sabe dónde está.

Por qué casi nadie pide ayuda

Ileana señala dos razones, y los datos le dan la razón en las dos.

La primera es cultural. "En la cultura de nosotros está totalmente implícito el hecho de que psicólogos y psiquiatras son de locos", resume. Ella misma aclara que no atiende padecimientos psiquiátricos: para eso está el psiquiatra, que trabaja el nivel neuronal mientras el psicólogo trabaja el emocional.

La segunda es económica y estructural. Cuenta que en su área de trabajo deberían existir al menos dos plazas de psicólogo por clínica y no existe ninguna, así que un solo psicólogo regional atiende seis clínicas. Y describe el efecto: si las citas deberían ser semanales y se espacian semanas, "el trabajo que habían hecho en una semana se pierde".

Los números lo confirman. México destina alrededor del 1.3% de su gasto en salud a la salud mental, muy por debajo del 5% que la Organización Mundial de la Salud recomienda para países de ingreso medio, según el análisis del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria. Y el 62.7% de ese presupuesto se va en hospitales psiquiátricos, no en atención comunitaria.

En el terreno se traduce en escasez de personas: el país reporta al Atlas de la OMS 1.56 psiquiatras y 5.85 psicólogos por cada 100,000 habitantes. Ya escribimos antes sobre lo que pasa cuando ese silencio no encuentra a quién pedirle ayuda.

Mientras tanto, los suicidios registrados en 2024 fueron 8,856, con una tasa que subió de 5.3 por cada cien mil habitantes en 2015 a 7 en 2024, de acuerdo con el INEGI.

La parte incómoda: las cinco etapas no son un mapa

En el episodio se mencionan las etapas del duelo, el modelo de cinco fases que Elisabeth Kübler-Ross publicó en 1969 y que casi todos hemos oído: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.

Conviene decir lo que casi nunca se dice al citarlo. Ese modelo no salió de un estudio, sino de una colección de conversaciones con pacientes terminales, y las investigaciones posteriores no lo han respaldado: el Yale Bereavement Study, uno de los intentos más serios de comprobarlo, no encontró apoyo para la secuencia de cinco etapas. Hay especialistas que llevan años pidiendo que se deje de enseñar como si fuera un itinerario.

Esto no invalida lo que Ileana hace. Ella misma dice que "nunca va a ser igual un duelo que otro" y que "nunca podemos decir que comprendemos el dolor de alguien". Las etapas le sirven como descripción de estados que aparecen, no como escalera que hay que subir en orden. El problema no es el modelo: es la familia que le exige a un doliente que "ya vaya en la etapa de aceptación" porque pasaron tres meses.

Ella misma es dura con las frases de consuelo prefabricadas. Sobre el clásico "mientras no me olvides voy a seguir viviendo", dice que los tanatólogos están peleados con esas palabras: pueden consolarte a ti y aumentarle el dolor al otro.

Qué hacer con esto esta semana

Arma la despedida. Ileana insiste en que nuestra cultura no nos enseñó a despedirnos, y que cuando hay un enfermo terminal el trabajo es que cada quien diga lo que no ha dicho. Si tienes a alguien en esa situación, la conversación pendiente es ahora.

No canceles las fechas. A la familia de los doce hermanos les dijo que no se encerraran el 10 de mayo. Al contrario: reunirse en casa de la mamá, celebrar su vida, sacar las fotos y hablar de ella. "Las fechas importantes tienen que servir para rescatar del dolor lo positivo."

Revisa la funcionalidad, no las lágrimas. Llorar meses después de una pérdida no es señal de alarma. Dejar de comer, de bañarse, de levantarse y de hablar con nadie, sí.

Si vas a acompañar a alguien, no lleves discurso. Muchas veces la persona no quiere religión ni consejo: quiere un abrazo. Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran (Romanos 12:15, RVR1960) describe bien el trabajo, y no incluye explicar nada.

Una nota necesaria

Este artículo recoge una conversación profesional, no sustituye una consulta. Si tú o alguien cercano lleva semanas sin poder comer, dormir o levantarse, o tiene pensamientos de hacerse daño, busca a un médico o a un profesional de salud mental. Orar y buscar atención no son cosas opuestas: la propia Ileana insiste en que la terapia se apoya en la creencia de cada quien, no la sustituye.

Un dato que ella subraya y conviene repetir: la terapia solo funciona por voluntad propia. Llevar a alguien a fuerzas —un adolescente al que su mamá arrastra— casi siempre es tirar el dinero.

El episodio

La conversación completa con Ileana Velázquez en Una Plática Muy Natural.

Escúchalo también en Spotify:

Preguntas frecuentes

¿Qué hace exactamente un tanatólogo?

Acompaña procesos de pérdida: a quien está por morir, a la familia que se despide y a quien se queda. No es solo para muertes; también trabaja pérdidas de trabajo, de pareja, de salud o de capacidades.

¿Cuánto tiempo dura un duelo normal?

No hay un plazo fijo. La señal no es el tiempo ni el llanto, sino si la persona sigue funcionando: come, se levanta, se asea y poco a poco retoma su vida. Cuando deja de hacerlo, conviene buscar ayuda profesional.

¿Es malo guardar las cenizas de un familiar en casa?

Depende. Para muchas culturas y familias es parte del consuelo y no tiene nada de patológico. Se vuelve un problema cuando es una forma de no soltar y el duelo se queda congelado ahí durante años.

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