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Ser cristiano no nos quita voz: por qué también nos toca opinar y participar

Cada vez que un creyente levanta la voz sobre un tema de interés público — educación, economía, seguridad, política migratoria, medio ambiente— aparece la misma objeción: "eso no te toca opinar, tú no, eres cristiano".

Como si la fe fuera un permiso de salida del debate público en lugar de una razón más para entrar en él.

La idea de que profesar una fe en la Biblia inhabilita a alguien para hablar de la vida en comunidad parte de un malentendido que conviene desmontar. Se suele confundir dos cosas distintas: imponer una creencia religiosa por ley, que en una sociedad plural no corresponde, y participar como ciudadano en la conversación pública, que es un derecho de cualquier persona, crea lo que crea. Un médico opina de salud pública sin que nadie le pida que oculte su formación clínica. Un economista opina de impuestos sin esconder su escuela de pensamiento. Al cristiano, en cambio, se le pide con frecuencia que primero se disculpe por su fe antes de poder decir una palabra sobre el mundo en el que vive.


también nos toca opinar y participar

Esa exigencia no se sostiene. Quien tiene una convicción religiosa sigue siendo vecino, contribuyente, padre o madre de familia, trabajador, elector. Paga los mismos impuestos, usa los mismos hospitales, envía a sus hijos a las mismas escuelas y sufre las mismas consecuencias de una mala decisión de gobierno que cualquier otra persona. Si las obligaciones cívicas —votar, informarse, fiscalizar a las autoridades, involucrarse en la comunidad— son las mismas para todos, los derechos que las acompañan también deberían serlo. No hay una cláusula en la ciudadanía que diga "salvo si tiene fe".


Parte del problema es que se suele juzgar a la fe cristiana por sus peores representantes públicos o por episodios históricos puntuales, y se traslada esa sospecha a cualquier persona creyente que hoy quiera hablar de política social, de justicia económica o de derechos humanos. Es un argumento que no aplicaríamos a ninguna otra tradición de pensamiento: no descalificamos a un ambientalista por los errores de otros ambientalistas, ni a un empresario por los abusos de otros empresarios. Pedirle silencio al creyente por lo que hicieron otros creyentes, en otro lugar y en otro tiempo, es una forma de descalificación que no resiste el análisis.


También hay una confusión de fondo sobre qué significa opinar desde la fe. No se trata de exigir que las leyes de un país repitan un catecismo, sino de que las convicciones —religiosas o no— alimenten el juicio con el que cada persona participa en lo público, tal como lo hace cualquier otra tradición filosófica o ética. La tradición bíblica, de hecho, ha sido fuente de muchos de los lenguajes que hoy usamos para hablar de dignidad humana, justicia y cuidado del prójimo. Excluir esa voz del debate no vuelve la conversación pública más neutral: simplemente la empobrece.


nos toca opinar y participar

Conviene decirlo con la misma honestidad hacia adentro: parte de la comunidad de fe ha contribuido a esta idea al replegarse de lo público, como si ocuparse de "lo espiritual" bastara y lo demás no fuera asunto suyo. Esa actitud, cómoda a veces, también tiene un costo: deja los espacios de decisión —juntas vecinales, consejos escolares, medios, política local— a quienes sí se involucran, y luego sorprende que las decisiones no reflejen las preocupaciones de quienes se quedaron al margen.


Por eso vale la pena una invitación clara y sin complejos: involucrarnos. No desde la superioridad ni desde la trinchera, sino desde la misma condición de ciudadanos con las mismas obligaciones que cualquier otro. Eso significa informarse antes de opinar, participar en los espacios de decisión de la comunidad, exigir cuentas a quienes gobiernan, votar con responsabilidad y sostener con argumentos —no solo con convicción— cada postura que se defienda en público. Significa también escuchar a quienes piensan distinto, porque la fortaleza de un argumento no depende de callar al resto, sino de sostenerse frente a él.


Tener fe no es una tara cívica ni un salvoconducto para desentenderse del mundo. Es, si acaso, una razón más para tomarse en serio la vida en comunidad. La sociedad no necesita menos voces en la conversación pública; necesita más personas dispuestas a participar con responsabilidad, viniendo de donde vengan sus convicciones. Y en ese llamado, quienes creemos en la Biblia tenemos, como cualquier otro ciudadano, no solo el derecho, sino la obligación de estar presentes.


Jerry Velazquez

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