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Qué es la santidad: el error que tiene a media iglesia agotada

10 nov 2025
7 min de lectura

Actualizado: hace 2 días

"El ambiente religioso genera que le vendaron los ojos a Jesús y le dieron puñetazos."

Antonio Nistal lo dijo así, sin suavizarlo. Y tiene razón en el dato: los que golpearon a Jesús a puño cerrado, con los ojos tapados para que no supiera de dónde venía el golpe, no eran los soldados romanos. Eran los líderes religiosos. Los que se suponía que llevaban al pueblo hacia Dios.

El error que tiene a media iglesia agotada

La conversación arrancó por su libro, ¿Santo yo?, y llegó rápido al problema de fondo.

"Hay un montón de cristianos bien frustrados", dice. Gente que intenta dejar de mentir, dejar de ser chismosa, dejar la pornografía, lo intenta un montón de veces y no puede. Y su conclusión es dura: "hay un montón de cristianos cansados que se sienten culpables y que incluso dejan la iglesia porque sienten que nunca dieron el ancho".

El diagnóstico coincide con lo que se ve en los números. Entre 2010 y 2020, la población que se declara sin religión en México casi se duplicó, del 4.7% al 8.1% —más de 10 millones de personas—, mientras los católicos bajaron cinco puntos y los protestantes y evangélicos subieron 3.7, según el Censo de Población y Vivienda del INEGI. Hay gente saliendo, y no toda se va porque dejó de creer.

Quién es Antonio Nistal

Llegó a su iglesia en el año 2000, con doce años, y desde entonces sirvió ahí: empezó tocando el piano. Hace unos meses lo nombraron pastor principal de uno de los campus de Satélite Iglesia Cristiana —justamente el lugar donde nació la iglesia, una capilla de estilo bautista americano en Lomas Verdes que llegó a tener seis reuniones llenas un mismo domingo.

Son veintidós años sirviendo antes del nombramiento. Él lo resume citando a Jesús: sé fiel en lo poco.

Escribió ¿Santo yo?, su primer libro, y Tinder Love, del que ya platicamos en otro episodio. Cuenta que escribió el primero en fe, cuando ni siquiera era el pastor de jóvenes sino el que le ayudaba al pastor de jóvenes: "yo dije, ¿pues quién va a leer mi libro?".

Santo significa apartado, no perfecto

Aquí está la corrección que ordena todo lo demás.

La palabra "santo" significa apartado. Apartado para vivir para Cristo. No significa impecable, no significa que ya no fallas, y sobre todo no es una calificación que te ganas.

Antonio separa dos cosas que solemos revolver. La santidad es un estado que Cristo gana en la cruz: es inmediato, y en el momento en que entregas tu vida Dios ya te ve así. La santificación es el proceso posterior, lento, en el que el Espíritu Santo te va transformando; ese, dice él, no termina hasta el cielo.

Y de ahí sale la frase que resume el episodio: "no es 'le echo ganas para ver si Cristo me acepta'. Cristo ya le echó ganas, Cristo murió en la cruz."

Su imagen favorita para explicar la santificación es un programa de cambio de imagen. Entrar a la presencia de Dios sería como pararse frente al espejo donde ves a Cristo con el outfit perfecto, y lo único que te queda es copiarlo. "Mientras más estás cerca de Jesús y en su presencia, más vas a ser como él." No al revés.

Eso invierte una lógica muy instalada. Mucha gente no se acerca a una iglesia porque siente que no cumple los requisitos. El orden real, dice Antonio, es el contrario: primero te acercas, y entonces te transforma.

"¿Por qué yo?"

La pregunta le viene de una anécdota vieja. En un campamento cristiano se animó a invitar a una chica a la cena y ella le contestó: "¿por qué yo?". Se quedó sin respuesta. Buscó en su cerebro y no encontró nada.

La usa en el libro porque es la misma pregunta que uno le hace a Dios. ¿Por qué yo? ¿Por qué me llamas santo a mí?

Y su respuesta no tiene adorno: porque te ama. No hay otra razón. No es un premio a la conducta, es un acto de amor, y por eso es incondicional.

De ahí saca algo que suena raro al principio pero se sostiene: si Dios obligara a todos a estar con él, no sería amor. "¿Por qué Dios va a mandar al cielo a alguien a fuerza? Si no quieres estar con él aquí en la tierra, ¿para qué quieres ir al cielo, si el chiste del cielo es su presencia?"

Cuando la santidad se confunde con reglas

Aquí es donde el episodio se pone incómodo, y donde está su aportación más original.

Antonio sostiene que en muchas iglesias hablar de santidad es hablar de reglas: péinate así, usa esta falda, no bailes, no, no, no. Y que por eso algunas prefirieron ya ni tocar el tema. Su lectura es que las reglas no son santidad; la santidad es relacionarte con Jesús.

El resultado de confundirlas lo dice sin rodeos: "las iglesias más legalistas que conozco son al mismo tiempo las más incongruentes en secreto." Y explica el mecanismo: si le pones al joven tantas reglas que sabe que jamás va a cumplir, lo empujas a la doble vida. Se peina como cristiano el domingo, habla como cristiano el domingo, saca su Biblia el domingo, y entre semana vive otra cosa. "Sin darnos cuenta y sin querer, los hemos llevado a eso."

Tiene una anécdota que lo ilustra mejor que cualquier argumento: de niño fue a tocar la batería a una iglesia y una señora se le acercó a darle veinte pesos para que se cortara el pelo.

También señala el efecto colateral en las familias. "Hay algunos cristianos raros que no es que sean santos, sino que son raros", dice: satanizan todo, dejan de tener amigos, dejan de ir a las fiestas familiares. Y del otro lado queda gente diciendo me robaron a mi hermano desde que empezó a ir a la iglesia. Sobre este terreno ya escribimos en la trampa del legalismo y en el peligro de la religiosidad.

Hay que decir el matiz que él mismo pone, porque si no esto se lee como barra libre: hay cosas que la Biblia deja claras, y ahí sí hay que ser tajante. El pleito que critica es el de las áreas grises, esas en las que la iglesia lleva años discutiendo cosas que ya no le importan a nadie afuera.

La parte incómoda: antes de irte de tu iglesia

Esto es lo mejor del episodio, y es autocrítico.

Cuando alguien dice que se va de su iglesia porque no lo valoran, Antonio pone el espejo del otro lado. Su versión del caso típico: "estás en la alabanza, nunca ensayas, nunca llegas temprano, nunca te sabes las canciones, y 'yo tengo un llamado y me voy porque aquí no lo valoran'."

Su consejo es empezar por lo básico: reflejar el carácter de Cristo siendo puntual y ensayando las canciones que te toca tocar. "Dices que no te aman, que no te respetan, que te ignoran. Pues sí, pero eres desobediente, eres terco, eres envidioso."

Y sin embargo no cierra la puerta. Distingue dos casos. Un líder imperfecto —que va a haber siempre— no es razón para irte: ahí toca poner los ojos en Cristo y dejar de coleccionar detallitos. Un líder cuya conducta contradice por completo el carácter de Cristo sí amerita evaluar y orar un cambio de iglesia. Eso lo dice él, textual.

Para los que están del otro lado del púlpito la exigencia es mayor: Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo (1 Corintios 11:1, RVR1960). Su conclusión: si no estás dispuesto a procurar vivir como Jesús, dedícate a otra cosa. Puedes liderar una empresa; en la iglesia no.

Y les manda un recado a los pastores que llenan la semana de sus voluntarios —oración el miércoles, grupo pequeño el jueves, discipulado el viernes, jóvenes el sábado, ensayo el martes—: "¿de qué me sirve alguien que sirve un montón en la iglesia con la familia rota?"

Cristianos salvos muertos de sed

La ilustración con la que cierra es la más práctica.

Una persona sobrevive unos tres días sin agua; hasta una semana solo en condiciones ideales, sin calor y sin esfuerzo. Entonces pregunta: ¿vas a venir el próximo domingo sin haber bebido más agua que la de la prédica? ¿Vas a tener una semana en clima perfecto, sin pelearte con nadie, sin que te traten mal, sin una mala noticia?

"Por eso hay un montón de cristianos salvos muertos de sed", dice. Ir a la iglesia ayuda —insiste en que no dejen de ir—, pero es un rato. El agua se bebe entre semana.

Su método no tiene misterio: abrir la Biblia, leer un texto y contestar por escrito una sola pregunta, cómo aplico esto a mi vida. Da cursos de oración por eso, y cuenta que una joven que llevaba diez años yendo a la iglesia le dijo, después de un ejercicio simple, que era la primera vez que Dios le hablaba.

Qué hacer con esto esta semana

Cambia la motivación, no el esfuerzo. Si haces las cosas para que Dios no te castigue, te vas a cansar. El motivo que él propone es el agradecimiento por lo que ya se hizo.

Bebe entre semana. Un texto y una pregunta escrita. No hace falta más para empezar.

Antes de irte, revisa lo básico. Si tu queja es que no te valoran, pregúntate primero si llegas a tiempo y si haces bien lo que te toca.

Si eres líder, revisa la agenda de tus voluntarios. Una familia rota no se compensa con servicio.

Si conoces a alguien que se alejó por culpa, dile lo que dice el episodio: nadie da el ancho, y ese nunca fue el requisito.

Una nota necesaria

En el episodio Antonio cuenta que ha visto personas con depresión mejorar mientras aprendían a orar y a leer la Biblia, y es explícito y cuidadoso al decirlo: aclara que no es psicólogo ni psiquiatra, que nunca le pide a nadie que deje a su terapeuta ni sus medicamentos, y que las altas las dieron los propios profesionales.

Conviene subrayarlo. Si estás en tratamiento por depresión, ansiedad o cualquier condición de salud mental, no lo suspendas por tu cuenta: los cambios se hacen con tu médico. La fe y el tratamiento no compiten.

El episodio

La conversación completa con Antonio Nistal en Una Plática Muy Natural.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa ser santo según la Biblia?

"Santo" significa apartado, no perfecto. Es un estado que Cristo gana en la cruz y que se recibe, no se merece por conducta.

¿Cuál es la diferencia entre santidad y santificación?

La santidad es inmediata: Dios te llama apartado desde que entregas tu vida. La santificación es el proceso lento en que el Espíritu Santo te va transformando, y no termina en esta vida.

¿Por qué tanta gente deja la iglesia?

Una de las razones que da el episodio es el agotamiento: cuando la santidad se predica como una lista de reglas, la gente concluye que nunca va a dar el ancho, y se va o vive una doble vida.

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