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No invites a tu púlpito a un pastor, misionero o evangelista comunista

Como pastor, tengo que decir algo que muchos evitan por miedo a sonar "político": no se debes invitar a predicar, a enseñar o a ministrar a una persona que profesa el comunismo como sistema de vida y de pensamiento.


No es un asunto de partidos ni de preferencias económicas. Es un asunto de coherencia bíblica y de responsabilidad pastoral sobre el rebaño que Dios nos confió.


Una raíz que no se puede maquillar


El comunismo, en su fundamento filosófico, nace del materialismo dialéctico: una cosmovisión que niega a Dios, reduce al ser humano a una pieza de la lucha de clases y coloca al Estado como autoridad última sobre la conciencia, la propiedad y la familia. No hablo de pobreza compartida ni de generosidad voluntaria — eso lo enseña la Escritura —; hablo de un sistema que históricamente ha exigido la eliminación de la fe como condición de "progreso".


No es opinión, es historia: iglesias cerradas, Biblias confiscadas, pastores encarcelados o ejecutados en la URSS, en la China de Mao, en Cuba, en Corea del Norte, en Camboya bajo los Jemeres Rojos. Millones de cristianos perseguidos no por delinquir, sino por confesar a Cristo como Señor por encima del Estado. Eso no es un "error de aplicación"; es el fruto natural de una ideología que no tolera ningún altar que no sea el suyo.


No invites a tu púlpito a un pastor comunista

La incoherencia de predicar a Cristo y defender lo que lo combate


Quien predica el evangelio y a la vez defiende o simpatiza con sistemas que históricamente han perseguido a la iglesia vive una contradicción que el púlpito no puede sostener. No se puede anunciar la libertad que hay en Cristo (Gálatas 5:1) mientras se justifica un sistema que en la práctica ha sido enemigo de esa libertad. No se puede hablar de la dignidad del ser humano hecho a imagen de Dios (Génesis 1:27) mientras se abraza una ideología que ha tratado a millones como medios desechables para un fin colectivo.


Algunos apelan a Hechos 2:44-45, donde los primeros creyentes compartían sus bienes, como si fuera un respaldo bíblico al comunismo. Pero ahí hay una diferencia esencial: aquello nació de un corazón transformado por el Espíritu Santo, fue **voluntario**, y no involucró coerción estatal ni la abolición de la propiedad privada como principio. Confundir generosidad cristiana con colectivismo forzado no es interpretación bíblica, es manipulación del texto.


El daño de la influencia mal usada


Un pastor, misionero o evangelista con plataforma no es una voz cualquiera: forma conciencias, orienta familias, moldea la manera en que una congregación entiende la autoridad, la propiedad, el trabajo y la libertad. Cuando esa influencia se pone al servicio de una ideología que ha probado ser enemiga de la fe, el daño no es abstracto: se traduce en congregaciones confundidas, jóvenes formados para desconfiar de la libertad y de la propiedad como dones de Dios, y una iglesia que pierde su voz profética frente al poder porque ya se acostó con él.


La Escritura nos llama a examinar el fruto (Mateo 7:16-20) y a no dar plataforma a quien enseña doctrina que socava el evangelio (2 Juan 1:10). No es falta de amor cerrarle la puerta a esa influencia; es cuidar el rebaño.


Conclusión


Invitar a alguien a nuestro púlpito no es solo darle un micrófono: es respaldar con nuestra autoridad pastoral lo que esa persona representa. Por eso, antes de extender esa invitación, hay que preguntar con honestidad: ¿esta persona predica a Cristo crucificado y resucitado, o predica una ideología disfrazada de teología de la liberación?

El discernimiento no es opcional. Es parte del oficio pastoral.

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